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Cuando no sabes qué hacer… y haces lo mejor que puedes con IA

Actualizado: 20 dic 2025

Esta es una historia personal que viví hace algún tiempo con mi pequeño. La comparto porque estoy segura de que puede ayudarte, ya que no es más que uno de esos momentos cotidianos que, aunque por fuera parecen pequeños, por dentro se sienten enormes. Son situaciones que, además, nos pasan como padres más veces de lo que quisiéramos admitir.


Salí al parque con mi hijo y, desde casa, él tenía muy claro que quería llevar su bici. Todo iba bien hasta que, ya dentro del ascensor, decidió que no, que prefería dejarla. Me devolví, la guardamos y seguimos camino al parque. Minutos después empezó a llorar con fuerza. Quería su bici. No era un llanto leve ni pasajero; era frustración real, de esa que te atraviesa cuando sabes que algo no está saliendo como esperabas.


Intenté acompañarlo como solemos hacerlo cuando queremos criar con respeto. Primero validé lo que sentía: le dije que entendía que estuviera triste, que era normal sentirse así. Después intenté explicarle que había sido su decisión dejar la bici y que no íbamos a volver por ella. Pero el llanto no cedía. No quería jugar, no quería estar allí y, poco a poco, nosotros también empezábamos a cargarnos emocionalmente. De hecho, entre nosotros como padres comenzó a generarse cierta tensión sobre cuál era la mejor decisión. Debo decirlo: su papá suele ceder un poco más; yo, quizás, soy “la poli mala”. En ese punto sentí que nada de lo que decía estaba llegando y, desde mi propio cansancio, tomé una decisión que en ese momento me pareció coherente: volver a casa. Le dije que si no quería estar en el parque, nos iríamos y no saldríamos más ese día. Al final fue una decisión conjunta; la situación nos estaba superando a los dos.


Volvimos a casa. Apenas entramos, tomó la bici y quiso salir. Tenía los ojitos llenos de ilusión, porque claramente pensó que habíamos vuelto por ella. Ya en la puerta, con un tono suave, dijo que estaba listo para ir al parque. En ese momento yo no sabía qué hacer. Mi mente decía “no lo hagas, no cedas”, pero mi corazón, al ver su carita, quería salir corriendo al parque con él. Al mismo tiempo estaba enojada, irritada, agotada. Así que le dije que no, que lo sentía, que le había dicho que no saldríamos más. Por supuesto, volvió a llorar. Pero este llanto era distinto: era un llanto cargado de sentimiento, de frustración profunda. Ahí fue cuando me sentí completamente descolocada. Dudaba de mí, de si estaba siendo demasiado dura o demasiado blanda, de si estaba acompañando o simplemente imponiendo.

Mientras él lloraba, su papá y yo nos sentamos en la sala. Estábamos derrotados frente a una decisión que, en teoría, podía ser sencilla, pero que en ese momento no lográbamos tomar. Recuerdo decirle: “No quiero que esté triste, pero tampoco quiero que piense que puede hacer esto siempre que quiera”. Porque criar con respeto no es libertad absoluta; también es poner límites, y ponerlos con amor. Yo no sabía qué hacer. Y entonces mi esposo dijo: “¿Y si le preguntamos a ChatGPT?”. Yo pensé: ¿cómo? ¿Yo, que leo sobre crianza, que escribo sobre crianza, voy a preguntarle esto a una IA? Pero la verdad es que el sonido ambiental de un llanto intenso no lo recomiendo a nadie, así que necesitábamos una solución rápida. No tenía tiempo ni cabeza para abrir libros ni repasar teorías. Estaba tan cargada emocionalmente que, más que buscar una solución, apenas podía pensar.


Y sí, en ese momento le pregunté a la IA qué hacer. No para que decidiera por mí, sino porque necesitaba ordenar mis ideas cuando mis emociones ya estaban demasiado altas.

La respuesta fue clara y, sobre todo, honesta. Había dos caminos posibles. El primero: mantener la firmeza absoluta y no salir de nuevo ese día, explicándole que lo intentaríamos al día siguiente para que pudiera entender lo ocurrido. El segundo: sostener la firmeza, pero ceder sin negociar con el llanto, dejando muy claros los límites y explicando que no sería una dinámica que se repitiera.

Elegí el segundo camino. Le pedí que fuera a su habitación, no como castigo, sino como un espacio para bajar la intensidad. Le expliqué que cuando dejara de llorar y estuviera listo, hablaríamos. Cuando se calmó, nos sentamos y hablamos. Le expliqué que entendía su frustración, pero que lo que había pasado no estaba bien. Que ese día sí iríamos al parque, pero que no volvería a pasar de nuevo. Que si en otra ocasión tomaba una decisión así, no regresaríamos. Le pedí que regresara a su habitación y lo pensara un poco más. Se fue con una carita de alegría real mezclada con esperanza… y con el llanto todavía reciente. Y por supuesto, eso nos rompió por dentro. ¿Te imaginas esa escena? Yo la recuerdo con muchísima claridad. Era la sensación de un bebé aprendiendo algo difícil.

Pequeño abrazando muñecos de tela, mostrando necesidad de consuelo, apego y seguridad emocional.





En ese momento pensé: es solo un mal momento, una etapa, no es su constante. ¿Cómo es que algo tan pequeño nos superó tanto? Pero así es la vida de los padres. A veces, situaciones mínimas se vuelven gigantes simplemente porque no sabemos qué hacer en ese instante. Al final salimos. Y funcionó.


Así que ChatGPT quizá no tenga la respuesta perfecta, o sea tu psicólogo personal, ni mucho menos el experto en crianza, pero me ayudó con algo muy importante: a regularme primero a mí. Y ¿sabes qué? Tal vez las pataletas no son solo del niño, también son del adulto. Cuando un niño tiene una pataleta no está manipulando; está desbordado, y necesita un adulto que pueda sostener y gestionar emociones que él todavía no sabe manejar solo. Y aunque al final del día siempre buscamos su felicidad, también entendemos que acompañar y amar no es decir que sí a todo, sino poner límites claros con calma, sin miedo, sin gritos y sin culpa.


Usar herramientas —libros, profesionales o incluso la inteligencia artificial— no te quita intuición ni criterio. A veces te devuelve perspectiva cuando estás cansada y emocionalmente involucrada. Validar no es ceder. Firmeza no es castigo. Autoridad no es rigidez. Y criar respetuosamente, muchas veces, no es saber exactamente qué hacer, sino atreverte a pausar, pensar… y volver a intentar.

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Invitado
18 dic 2025
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Muy buena historia

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