top of page

No todo es trauma: a veces es solo infancia

Actualizado: 21 dic 2025

Pequeño dibujando con ceras en la pared de su habitación, explorando creatividad y emociones en un entorno seguro.

Vivimos en una época en la que sabemos más. Sabemos de apego, de neurodesarrollo, de regulación emocional, de heridas de infancia. Y eso, sin duda, es un regalo. Pero a veces, entre tanta información, aparece una sensación silenciosa que pesa más de lo que debería: el miedo constante a estar dañando a nuestros pequeños sin darnos cuenta.


Un llanto. Una rabieta. Un “no” dicho con cansancio. Un límite puesto con firmeza. Y de inmediato surge la pregunta: ¿lo estaré marcando?, ¿le estaré generando un trauma?, ¿y si este momento le queda grabado para siempre?


Y aquí es importante decirlo con calma y con amor: no todo es trauma, no todo va a generar algo negativo en nuestros pequeños.


Ilustración de un bombillo con un corazón en su interior que representa estudios, teorías y evidencia científica que respaldan y dan claridad a la crianza consciente.

El cerebro infantil no registra un límite

acompañado como una amenaza.

De hecho, los estudios en neurodesarrollo

muestran que la presencia de un adulto

calmado durante una frustración ayuda a

fortalecer las conexiones cerebrales

relacionadas con la seguridad emocional y

la resiliencia.



La infancia no es una línea recta de momentos suaves y perfectamente regulados. Es emoción pura. Es intensidad. Es frustración, enojo, llanto, risa desbordada y también decepción. Y todo eso, cuando hay un adulto presente y disponible, no daña: construye.


Un trauma no nace de un límite. No nace de una frustración acompañada. No nace de un adulto que se equivoca y luego repara.

El trauma aparece cuando un niño se queda solo emocionalmente, cuando no hay nadie que sostenga, explique, vuelva, nombre y abrace después. A veces confundimos incomodidad con daño. Confundimos un momento difícil con una herida profunda. Y en ese intento por no repetir historias, corremos el riesgo de no permitirles vivir la infancia tal como es: imperfecta, intensa y profundamente humana.


Los pequeños necesitan llorar alguna vez. Necesitan frustrarse. Necesitan escuchar que NO. Lo sé, suena incoherente cuando nuestra filosofía es el lenguaje positivo, pero también puede ser válido. No porque el mundo sea duro, sino porque el mundo es real. Y nuestro trabajo no es evitarles toda emoción incómoda, sino enseñarles que pueden atravesarla acompañados. Es así como podemos sostener sin gritar, poner límites sin humillar, reparar cuando nos desbordamos y mostrar que los errores no rompen el vínculo, que el amor no desaparece cuando las cosas se ponen difíciles.


Muchos de nosotros estamos criando con una conciencia que no existía antes. Y eso ya es enorme. Pero criar conscientes no debería convertirse en ese miedo constante. El miedo nos desconecta de la intuición.


Un pequeño que llora porque no puede hacer algo, que se enfada porque no entiende una decisión o que se frustra porque la vida no sale como esperaba —a pesar de que le hablamos, le explicamos y estamos ahí presentes— no es un niño malo, ni uno con el que estemos haciendo algo incorrecto como padres. Es un pequeño que está viviendo. Está aprendiendo. Está creciendo.


Y tú, que dudas, que te cuestionas, que buscas hacerlo mejor, probablemente no estás criando desde la negligencia, sino desde el amor. Un amor imperfecto, sí. Pero real. Y eso importa más de lo que crees.


Y en ese camino, no todo es trauma, es solo infancia.


header.all-comments

ratings-display.rating-aria-label
header.no-ratings-yet

comment-box.add-a-rating
bottom of page