No somos padres perfectos..... somos padres
- Alejandra Benitez

- 17 dic 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 20 dic 2025
Si me hubiesen dicho hace algunos años que hoy estaría hablando de este tema, no lo habría creído. Y por dos razones muy claras: la primera, porque la maternidad no estaba dentro de mis planes; y la segunda, porque si en algún momento pasó por mi mente, estaba segura de que sería una madre “tranquila”, relajada, de esas que parecen llevarlo todo con naturalidad. Jamás me imaginé siendo este tipo de madre: preocupada, reflexiva, atravesada por preguntas constantes, criando en esta era de la crianza respetuosa donde todo parece tener nombre, teoría y opinión.
Tampoco soy —y esto quiero decirlo con absoluta honestidad— la madre estricta que sigue manuales y teorías al pie de la letra. No crío desde fórmulas cerradas ni desde el miedo a equivocarme. Pero tampoco soy indiferente. Soy esa mamá que, creo, muchas queremos ser: la que intenta criar humanos capaces, felices y, sobre todo, emocionalmente fuertes y sanos. Porque si algo nos invita a hacer la crianza respetuosa, cuando se entiende de verdad, no es a criar niños perfectos, sino personas que puedan habitar el mundo sin romperse por dentro.
Con el tiempo entendí que criar con respeto no es una moda. Es una responsabilidad emocional profunda. Implica mirarte, cuestionarte, frenar impulsos que vienen de muy atrás y desaprender cosas que creías normales.
Nadie te prepara del todo para eso, y mucho menos para ese cosquilleo incómodo que aparece cuando te das cuenta de que no solo estás educando a un hijo, sino que también te estás educando a ti.

Criar con respeto no empieza en lo que
haces con tu pequeño, empieza en cómo
te hablas a ti cuando dudas.
Al inicio pensé que bastaba con informarme: leer, escuchar a expertos, hacer “lo correcto”. Creí que la teoría sería un mapa claro, casi un manual. Y lo es, hasta cierto punto. Pero la vida real no siempre sigue manuales. Hay noches de cansancio extremo, momentos de duda, días en los que amas con una intensidad que abruma y, al mismo tiempo, te preguntas si lo estás haciendo bien. Ahí la teoría se vuelve frágil y lo que queda es tu capacidad de sostener, incluso cuando no tienes respuestas.

Hay algo de lo que se habla poco: la crianza respetuosa también puede doler. Duele cuando te exige más regulación de la que tienes, cuando te enfrenta a tus propias heridas, cuando tu niño interior pide ser escuchado al mismo tiempo que tu hijo —muy real y muy demandante— te necesita ahora. En ese cruce aparecen la culpa, la autoexigencia y esa sensación silenciosa de no estar a la altura.
Queremos hacerlo mejor que antes. Queremos romper patrones, no repetir historias, criar distinto. Pero, sin darnos cuenta, a veces cambiamos un ideal por otro. Antes era la obediencia; ahora es la regulación perfecta. Antes era “los niños no lloran”; ahora es “si lloran y tú no estás calmada, algo estás haciendo mal”. Y no. No funciona así.
No somos padres perfectos. Nunca lo fuimos ni lo seremos. Y lejos de ser un fracaso, esa es la base más honesta desde la que podemos criar. Porque la crianza no es hacerlo impecable, es estar disponibles. Es reparar. Es volver. Es mostrar que equivocarse no rompe el vínculo, que pedir perdón también educa y que, incluso si sientes que fallas una y otra vez, eso no te hace un mal padre o una mala madre.
Nuestros hijos no necesitan padres perfectos ni padres sin temores. Necesitan padres reales, padres que puedan decir: “esto me supera, pero sigo aquí”. Padres que entiendan que la fortaleza emocional no nace de la perfección, sino de la posibilidad de intentarlo de nuevo, una y otra vez.
Así que aquí estoy yo, para recordarnos que ya estamos haciendo algo profundamente valioso: quedarnos, incluso cuando no sabemos del todo cómo. Criar no es salvar a nadie; es acompañar con amor imperfecto, con miedo a veces, con errores, y aun así hacerlo. Y la verdad es que yo también necesito que alguien me lo recuerde a diario, sobre todo en esos momentos en los que siento que no lo hago “tan bien”.
La única verdad es esta: no vinimos a ser padres perfectos. Vinimos a ser padres. Y eso, aunque muchas veces no lo parezca, es más que suficiente.



Comentarios